Cuaderno de Anotaciones

Momentos de desparche periodístico para comentar hechos y situaciones que se escapan de nuestra efímera memoria.

Tomás Eloy Martínez enseñó alguna vez en un taller de periodismo que la clave de un buen periódico estaba en la precisión de las palabras. Pero que, más allá del uso milimétrico de las expresiones, existía también un amor intenso por las letras impresas; el olor de las rotativas, la belleza de los textos en un pliego de papel periódico. Eso no tenía ningún precio.

Cuentan los antiguos que Fernando Guillén llegó a Cartagena con la pasión desbordada por los impresos. La maleta estaba vacía: no había más que unas mudas de ropa, un cepillo dental y varios vetustos libros de literatura clásica. No necesitaba más -se le escuchó decir años después-, solo era necesaria la voluntad para perseverar.

Se inmiscuyó en el periódico de entonces, La Prensa. Era una gran mole de concreto periodística. Era invencible, pues, todo el poder de la palabra parecía concentrarse allí. Las declaraciones, las exclusivas, los datos interesantes e incluso la publicidad que venía a chorros de los despachos del poder parecían converger en la avejentada calle de San Juan de Dios.

Guillén hizo su mejor esfuerzo a pesar de la poca fe que le tenían. Intentó, por mil maneras, adaptarse a la situación pero no podía: generó fórmulas novedosas para arrancar las informaciones e incluso propuso temáticas irreverentes y poco tradicionales para darle una vitalidad nunca antes vista a ese dinosaurio vegano. Nada de eso sirvió; el periódico no quería cambiar pues hacerlo significaba “perder” fuerza. Y perder no era admisible.


Ante la negativa de Isidoro Palencia, el propietario-director-gerente-contador-publicista y mandamás de La Prensa de publicar una nota que revelaba un acto de corrupción al interior de la Empresa Municipal de Servicios Públicos, decidió darle un portazo a la puerta y se largó. Era su forma de protesta tras develar que la empresa había pagado sobresueldos a sus directivos, subcontratado la operación de aseo cuando en los contratos pertenecía de forma directa a la empresa y, para colmo, no se compraron los reactivos para potabilizar el agua de la ciudad. En definitiva, se aburrió que los cartageneros no se enteraran que los directivos se 'choreaban' la plata, que los carros de aseo de la ciudad en realidad no eran de la ciudad y que el agua que consumían los ciudadanos supiera a mierda.

Al salir con su liquidación para dirigirse a la austera pensión en la calle Santo Domingo, Guillén pasó por una vieja casona que expelía un olor a inconfundible imprenta. Era la litografía de Fernando Román, el hijo bastardo de don Manuel, el bisnieto del fundador de los afamados Laboratorios Román.

-¿Una nueva litografía?- preguntó el inquieto Guillén.

-Un negocio que me montó mi papá, por aquello de los remordimientos- espetó el joven Román, interesado más en generar ganancias que en manejar la impresionante máquina.

Guillén tuvo, en ese instante, un momento insuperable de lucidez. Había una imprenta manejada por un impúber ambicioso y además, conservaba unas profundas ganas de seguir bregando en el camino del periodismo siendo su propio mandamás, haciendo lo que deseaba sin más restricciones que las que imponían las normas éticas. ¿Qué podía salir de allí?: Un diario. El Diario de Cartagena, quizás el más exitoso que aquella ciudad conoció.

Dicen que así, con pasión y un chispazo de suerte y  buena voluntad nacen los periódicos. Con el tiempo, probablemente, se convierten en imperios mediáticos. Tanto o más que La Prensa. 


La pareja de esposos, no entendía que un loco reportero de El Heraldo estuviera persiguiéndolos casi 20 kilómetros para conocer por qué andaban paseando alrededor del mundo en tan particular armatoste. Foto: Giovanni Escudero. 
Iris y Wolfram Zeller, una pareja de esposos radicada en Frankfurt (Alemania) tenían tres opciones tras su jubilación: internarse en una casa de retiro para disfrutar de una tranquila vejez, realizar algún curso de diseño en Berlín, o viajar y conocer el mundo en un automóvil. Se decidieron por la tercera y emprendieron una travesía que ahora los tiene en América Latina.

En una casa rodante Mercedes Benz adquirida tras vender sus pertenencias, los Zeller han vivido, en primera persona, desde las más exóticas planicies africanas hasta el austral frío de la Patagonia argentina, sumando más de 100.000 kilómetros de viaje y poco más de 45 países.

La gran coraza gris del modelo G300 CDI ha aguantado todas esas clases de climas; sean benignos o inclementes. Ahora, vía a Ciénaga, el vehículo de placas ‘teutonas’ sorprende a quien observa al conductor y su copiloto: dos ancianos un tanto hinchados por el calor del Caribe y con el pelo blanqueado por los años. Al percatarse, éstos devuelven el saludo y continúan su rumbo.

Sin embargo, cuando se les intenta llamar su atención en el camino, lo  piensan dos veces y siguen su ruta. Después de 30 kilómetros de persecución, un carné de prensa a la vista y un enrevesado “i’m a journalist”, reaccionaron y salieron de su fortaleza que alberga un dormitorio, cocina, comedor y un pequeño baño.

Iris, al bajar el vidrio (y sus prevenciones) cuenta que en 2010 se emocionaron leyendo una nota publicada en el diario Frankfurter Allgemeinen Zeitung, en el que se destacaba el récord de una pareja de esposos que había recorrido el mundo durante 25 años. Sin embargo, más que la marca, les llamó la atención independencia y libertad de un ‘paseo’ que en el caso de los Zeller ya lleva tres continentes.

En esa casa rodante han recorrido Colombia. Popayán, Cali, Medellín, Cartagena, Santa Marta o municipios como Guatapé, el Peñón, entre otros, los han recibido y acogido como uno más. Prueba de ello es su opinión sobre el país que pronto terminarán de recorrer: “A nosotros nos gustó mucho Colombia, sus campos son muy hermosos y la gente es muy buena” afirma Iris mientras trata de soportar el sopor del mediodía cienaguero.

A pesar de su objetivo mundialista en cuatro ruedas, Iris y Wolfram excluirán dos países de la subregión: Venezuela y Guyana. ¿La razón? “No queremos”, afirma mientras que su esposo, con la cabeza, confirma esa respuesta.

En breve se dirigirán a México en avión. El automóvil irá rumbo, sin ellos, a la ciudad costera de Veracruz. “Queremos descansar un poco”, recalca Iris.

Todo riesgo es asumible para llegar a Alaska, su meta final. Iris Zeller dice escuetamente en un ‘spanglish’ adquirido en su recorrido por todos los países de la región que “No hay temor”. Cuando lleguen allí –explica Iris frente al implacable silencio de su marido- culminará “por ahora” la travesía. “El mundo aún es una palabra muy grande. No sabemos si llegaremos a Asia o a más países de Europa”, explica la mujer de ojos azules que contrastan con la piel mestiza y ojos oscuros de los hijos del Caribe.

Al terminar el diálogo, los Zeller aparcan en una droguería del centro de Ciénaga para cargar algunas provisiones. Algunos curiosos observan mientras se hacen los desentendidos. La pareja solo piensa en llegar a su meta antes que el tiempo, implacable sobre ellos, los termine venciendo.

Esta nota inicialmente sería publicada en El Heraldo. Pero, por un editor que me tenía entre 'ceja y ceja', jamás vio la luz en ese matutino. Afortunadamente, Elkin Sánchez Cuadro y su equipo de El Comunicador Virtual lo rescató y publicó integramente. Puede leerlo justo aquí. 

El diccionario nunca dejará de hacer falta. Su consulta se hace, hoy por hoy,  más que obligatoria. Estar mosca con cada una de las expresiones y palabras, la manera correcta de escribirlas y saber su significado, hacen parte de lo indispensable para no dejarse meter un golazo de personas que, por muy curtidas en el oficio de periodista que sean, no le han cogido la caña a las exigencias lingüísticas del nuevo milenio.

Esto sobre todo a la hora de construir un titular. Aquellos que a diario se rompen los sesos para crearlos saben que cualquier error en él es un suplicio que durará 24 horas, en caso de aparecer en una edición impresa, o de algunos segundos si se trata de un digital.

Por ello, cuando construía el siguiente titular: “Gais sí son familia” a propósito de la sentencia del Consejo de Estado que equiparó al rango de familia a las parejas del mismo sexo, tuve la precaución de hacer uso de la regla del Diccionario panhispánico de dudas, que señala:

Su plural (de gay en español) debe ser gais (→ plural, 1d), y no gays: «Presidente de la Fundación Triángulo para la igualdad de gais y lesbianas» (País [Esp.] 20.9.97); «Un 22% ya no visita cuartos oscuros de los locales gais» (País [Esp.] 1.12.88).

Por lo cual decidí no entrar en aventuras y escribir la palabra, que a juicio de la Real Academia de la Lengua Española debe utilizarse.

Para qué fue eso, como diríamos en el Caribe. Al instante, el editor para quien trabajo se extrañó por haber colocado semejante palabra (gais). Tuve que explicar, pantallazo del diccionario en mano,  que el error lo cometía el experimentado periodista y no el novato, que simplemente cumplía con una regla idiomática que imponen los nuevos tiempos.

Esa experiencia, divertida de por sí y merecedora de un lugar en el anecdotario, sólo me dejó algo para pensar: ¿Será que los nuevos y los viejos periodistas tenemos en cuenta un diccionario a la hora de escribir una nota periodística?

De ahora en adelante, y más que nunca, lo tendré presente. Goles, como el que inocentemente se metió mi editor, no me quiero dejar meter.

Las ocupaciones de un periodista son muchas. Aún más cuando trabaja en infinidad de proyectos y para remate, como quien no quiere la cosa, también en un periódico impreso.

Este blog nació hace algunos años cuando apenas comenzaba mi carrera de periodismo. En aquellos días tenía ganas de escribir mil y mil cosas. Lastimosamente, haciendo retrospectiva, mucho de lo que escribía, de corazón, tenía garrafales errores de alguien que aún no había pasado por cuatro materias de redacción periodística ni por la procesadora de varios medios de comunicación que, cual herrero, van dando forma al estilo a punta de martillazos. 

Vuelvo a escribir y a brindar algunas reflexiones sobre el devenir de un oficio que, como decía García Márquez, es el mejor oficio del mundo. 

Espero que lo vertido por acá, de ahora en adelante, no les genere un mero bostezo. 

Mientras veo como Peñalosa termina de decepcionarme, veo CNN y me quedo perplejo de la capacidad de cinismo e idiotez que pueden llegar a la cabeza de un ser humano.. si es que a estas alturas del partido podemos llamarle humano a semejante demonio babeante.

Muammar del supuesto Gran Poder, el pintoresco coronel libio que Reagan no tuvo el tino de acabar con el en 1986, ha hecho un baño de sangre en un país que solo se atrevió a pedir democracia. ¿Es acaso mucho pedir eso? ¿Es acaso politicamente incorrecto no actuar contra esto? Para los paises como Alemania no. ¿Porque? Por ese juego perverso e inmoral de las relaciones diplomáticas, ¿Será que Angela Merkel también fue financiada por Muammar en su campaña presidencial como sucedió con Sarzoky? Eso solo lo sabe la primera ministra alemana.

Don Muammar, ese que cree que todos lo aman y que por él debe inmolarse todo su pueblo, que habla de "ceses al fuego" y contrata mercenarios para matar a los opositores mientras él se zurra en la desgracia que viven. Hoy, la gran mayoría de paises actuan, tarde, pero reconozco que están actuando. No me es de extrañar que los EEUU ya sepan donde está don Muammar del gran poder y se lo callen.

Don Muammar metía miedo porque su supuesto poder radicaba en su petroleo. Ya no. Ahora parece que eso no funciona y que pronto, como le pasó a Mubarak, el tendrá que irse, o quien quite si antes no lo han matado. Su supuesto poder está tan diluido, como el amor que sienten los libios y el mundo por él.